Recuerdos olfativos
A veces siento que soy una persona destruida. Lo he intentado, he intentado que no ocurriese, pero la vida me ha destruido. He intentado reconstruirme muchas veces, pero las grietas eran demasiado profundas y al final la reparación ha sido meramente estética, nada rehabilitadora. Y sí, utilizo esta terminología porque por desgracia llevo más de un año encerrada estudiando el funcionamiento de la administración y, por ende, los tipos de contratos de obras. Pero, a lo que iba, es muy complicado fingir estar mental y emocionalmente sana cuando te llevan golpeando desde que tienes memoria. Me lo imagino como aquel vídeo del “asesino de la cuchara”: “taca taca taca taca”, insistentemente, hasta que te mata con una jodida cuchara sopera.
Nunca he sido una persona victimista. Dramática, de narices. Pero, ¿victimista? definitivamente, no. Al contrario, siempre le he restado importancia a todas las cosas que han ocurrido en mi vida, siempre me he comparado con personas que han tenido una vida, por desgracia, mucho peor que la mía. Siempre he pensado que soy una privilegiada (y a la gente no le ha faltado tiempo para repetírmelo infinitas veces, hasta hacerme sentir extremadamente mal). Mis privilegios me hacen sentir muy mal porque no me creo con la potestad de tener principios. Pero esa es otra historia. Ahora, acercándome a los treinta, me empiezo a dar cuenta de la gravedad de los sucesos que he vivido en todos los posibles ámbitos de mi historia personal y duele muchísimo. Porque me he dado cuenta de que he estado escondiendo y ocultando, tras muchas capas, un dolor profundo y justificado que debería haber dejado salir o, más que liberarlo, haberle dado la importancia que realmente tenía (y tiene).
No sé, la verdad, cual es el primer disgusto importante en mi vida. Quizá, y sólo quizá, porque puede que en otro momento consiguiese recordar algún otro episodio, fue cuando visitaba a mi yaya en el pueblo y veía el estado en el que se encontraba mi abuelo, demenciado y anestesiado a más no poder por unos “psiquiatruchos” de la seguridad social que, básicamente, le jodieron la vida. A él, a mi abuela y a mi madre. No tengo un “mal recuerdo” como tal. No recuerdo qué edad tenía en aquel momento, pero mi abuelo enfermó prácticamente cuando yo nací, así que probablemente era muy pequeña incluso para comprender la situación. Pero si que tengo recuerdos de verle tumbado en el sofá todo el día, producto de los relajantes que le suministraban.
Pasados unos años, las circunstancias prácticamente nos obligaron a internarlo en una residencia de ancianos. Cuando una familia quiere a un anciano y la situación es insostenible y decide, después de reflexionar una decisión tan dura largo tiempo, que viva en una residencia, esperas que le traten bien. Al menos, como a un ser humano. Pero el recuerdo que guardo yo, con ocho años, es demencial. Aquello parecía una tumba. Esa gente esperaba que la muerte llamase a la puerta como agua de mayo. Y los cuidadores lo sabían. O eso creía yo. En ese momento creía conocer muchas cosas. Ahora me doy cuenta de que los cuidadores estaban desbordados y que la culpa en primer lugar la tiene el jodido empresario que montó semejante empresa para saquear a los viejos, quedarse su dinero, y dejarlos morir muy indignamente en un asilo de mala muerte, nunca mejor dicho. Y hablo en presente porque por desgracia no han cambiado nada las cosas en estos veinte años que han pasado desde entonces. Bueno, sí, derribaron la residencia de mi abuelo, aunque quedan cientas iguales o peores. Si tuviera que describirlo de algún modo, sería citando el maravilloso libro de Luca de Tena “los renglones torcidos de Dios”. Aún a veces, me vienen recuerdos olfativos. Ni siquiera olían a limpio. Era olor a viejo y a muerte. Además, muchos ancianos chillaban desesperados y estaban atados a sillas, con una especie de arneses de color verde. Mi pobre abuelo estaba malito, pero encontrarse en ese ambiente casi le enterró por completo a dos metros bajo tierra. Si no recuerdo mal, la señora que gritaba más se llamaba Isidra. O quizá no. Pero el hecho de recordar el nombre de muchas de aquellas personas me hace darme cuenta de que fue una situación por la que no pasé tan de puntillas como podía creer. Vi a muchos viejos morir en aquella época. No literalmente, pero sí que llegabas un día allí y te contaban que “Fulanita” había muerto esa noche, o que le había dado a “Menganito” un derrame cerebral y ahora se le caía la baba y a veces no te contestaba, o que ahora “Zutanito” tenía parkinson. Por esa época pensaba que el parkinson solo te hacía temblar, no le daba importancia. Ahora se que te mata en pocos años.
También recuerdo que aquella residencia era oscura y cutre. Esa es la palabra. El comedor se encontraba en un sótano y no tenía ventanas. A los que estaban más malitos ya ni los bajaban a comer, así que se tiraban toda la vida encerrados en una pequeña sala de estar, sin ventanas también, y sólo salían si los familiares iban a visitarlos y decidían sacarlos a dar un paseo al parque de al lado (sorpresa, la mayoría ni recibían visitas). Recuerdo que nosotros íbamos a visitarlo todos los días y salíamos de allí agotados y deprimidos. Ese maldito sitio se encontraba a cien metros de mi casa y era la mejor solución para que todos pudiéramos ir a verlo y que jamás se sintiera tan solo como el resto de residentes. Quizá lo que mejor define todos estos recuerdos es “tristeza”.
Para no dejaros con tan mal sabor de boca, un tiempo más tarde abrieron una residencia a doce kilómetros de mi pueblo, en medio de las montañas. Parecía un palacio, olía a limpio y tenía grandes ventanales desde los que veían todo el valle. Había muy muy poquitos ancianos y casi tenían un asistente para cada dos viejecillos. La comida era genial, les hacían platos típicos de la zona y mi abuelo hacía cola todos los turnos de comida porque le encantaba. Caldo gallego, grelos con patatas, merluza a la romana, filete de ternera con patatas, fabes... Mi abuelo siempre olía a “Nenuco” por aquella época, estaba limpio, bien vestido, con esos polos de “Tommy Hilfiger” que mi madre y mi yaya le compraban en “El Rastro”. El geriatra le retiró casi toda la medicación y su ánimo mejoró muchísimo. Nunca se recuperó del todo, claro, porque tenía muchos microinfartos cerebrales que eran irreversibles, pero por suerte pudo pasar sus últimos años de vida con algo de dignidad y siendo consciente de todo lo que le queríamos. En su tierra, con sus montañas, respirando aire limpio y con la cara sonrosada de bromear y reír a carcajada limpia. Así es como lo recuerdo y lo recordaré. Y el olor a “Nenuco”.
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